San Miguel Febres (9 de febrero): El niño que no hubiera nacido en España
albadigital.es: 9:04 09-02-2010San Miguel Febres (9 de febrero): El niño que no hubiera nacido en España
El santo de esta semana nació con una malformación en los pies. Si llega a caer en manos de algún amiguete de Bibiana, fijo que lo tritura. Para su fortuna, vio la luz en Cuenca, pero no en la de España, sino en la de Ecuador, a mediados del siglo XIX.
Con su rareza plantar, todo el mundo sentía lástima por él: el pobre Miguelito no podía caminar, como la cucaracha. Por tanto, fue arrastrándose por la vida cual ofidio hasta que un día, cumplidos los cinco años, se detuvo ante un jardín florecido y sus padres le oyeron comentar: “Miren qué hermosa es la señora que está sobre las rosas; tiene un vestido azul y blanco y me llama”.
Ellos no vieron nada sobre las flores, pero se quedaron anodadados al comprobar que el niño se levantaba y echaba a andar con normalidad. (Ejercicio de agudeza teológica: averigüe en menos de diez segundos el nombre de la Señora a la que supuestamente contempló sobre el rosal.)
Asumida su nueva condición de bípedo implume, fue matriculado en el colegio La Salle de su ciudad. Miguelito disfrutó como un bellaco en su nuevo hábitat; los Hermanos Cristianos, que son unos fenómenos como pedagogos, detectaron que el chavalín poseía una inteligencia sobresaliente.
Cuentan los testimonios que cuando los demás alumnos se iban a sus casas, Miguelito se quedaba con ellos ayudando en las tareas del centro y repasando lecciones. No nos lo imaginamos, desde luego, reclamando su derecho a copiar en un examen.
Claro, los de La Salle babeaban con él y no les extrañó que, con el tiempo, decidiera unirse al grupete y convertirse en Hermano. A quienes no sólo les extrañó la intención de Miguel sino que les produjo un disgusto morrocotudo fue a sus padres, mira tú por dónde.
La familia llevaba una vida acomodada, pero La Salle, recién llegada al país, pasaba más hambre que el sastre de Tarzán. No querían que Miguelito, el cojo que curó la Virgen María (¡mecachis!, se me escapó la respuesta al acertijo), sufriera nuevas penalidades.
Preferían que se hiciera cura, pensando, quizá, que viviría como tal. De hecho, le mandaron a estudiar a otro instituto. Pero en esta ocasión fue Miguelito el que se llevó un disgusto y se enfermó. Así las cosas, los viejos cedieron y le permitieron convertirse en hermano lasallista.
Pero conste que la cosa no fue fácil. El padre siguió tan molesto con la vocación de su hijo que pasó cinco años sin escribirle una sola línea, el muy jodío. Desde entonces, la vida del Hermano Miguel no conoció descanso; tal era su empeño de resultar útil a los demás. Se pasaba las horas dando clase, enseñando catecismo, atendiendo enfermos y estudiando muchísimo. ¡Llegó a dominar cinco idiomas!
Según cuenta el Vaticano, sobresalió “en la enseñanza de la lengua y literatura españolas y, ante la carencia de manuales y libros de texto apropiados, los compuso él mismo. El Gobierno ecuatoriano los adoptó para todas las escuelas del país”. Llegó a publicar más de cien libros.
Le admitieron como socio de la Academia Ecuatoriana de la Lengua, y en la de Venezuela y Francia, y recibió muchísimos honores que honraban su prodigioso cerebrito. Pero, sin embargo, el título que más orgulloso le hacía sentir al Hermano Miguel era el de “preparador de niños a la Primera Comunión”, oficio en el que se desempeñó durante 26 años.
Su enorme prestigio le llevó, por orden de sus superiores, a dirigir en Bélgica la publicación de libros para su Fraternidad y a enseñar español a sus hermanos gabachos que el Gobierno laicista francés de entonces -laicismo nada positivo, por cierto- estaba expulsando del territorio.
Por poco muere del impacto. No por el laicismo, sino por culpa del clima.
* Artículo íntegro en el número 263 del semanario, desde el viernes 5 de febrero en los quioscos.

















