Jerome David Salinger: la tentación de no existir
albadigital.es: 9:00 10-02-2010Jerome David Salinger: la tentación de no existir
El novelista auténtico aspira a esconderse detrás de sus personajes, aunque hoy el narrador se ha convertido en un patético comercial de sus historias, que a la vez son apéndices de su pose.
Por eso Salinger no es Holden Caufield, ese adolescente insoportable que le hizo famoso y a la vez tan desgraciado. Ni Cervantes es el Quijote, ni Tolstoi Ana Karenina; ni siquiera Joyce es Stephen Dédalus. Produce cierto sonrojo, por evidente, el explicarlo, pero es que al leer las decenas de obituarios sobre el escritor, escandaliza tanta identificación pueril entre el autor y la obra.
Otra cosa es que en cada pincelada del pintor, o en cada corchea del músico, haya un pedazo del alma del artista, por supuesto, y al igual en cada letra y en cada personaje de una novela.
Holden es capitán del equipo de esgrima de su colegio, al igual que lo fue Salinger en el suyo; también se parecen en un cierto éxito con lo femenino. Frances Thierolf, que conoció a JD cuando era joven, cuenta que por aquel entonces el escritor ya afirmaba que algún día escribiría “la gran novela americana”.
Sin embargo, Holden no aspiraba a nada de eso, en realidad no aspiraba a nada; es el personaje de toda la literatura universal que más merece un bofetón con la mano bien abierta, porque su dolor, su angustia, su melancolía, es una gran memez, sólo que amplificada por el eco del vacío donde resuena, porque nadie le responde.
Así que Salinger no está retratando a su generación, y ésta es la clave, sino a las siguientes, las que no hicieron la guerra, las mimadas hasta el extremo, las que estallan en el 68 porque sus padres, que han contemplado Hiroshima, se sienten incapaces de educarles, quizá dudando de que una civilización que ha generado tal horror tenga legitimidad para continuarse.
También el joven Salinger sufre; nace en una familia acomodada, judía por parte de padre e irlandesa-católica por vía materna. La madre adopta la religión de su marido y si fuésemos freudianos, señalaríamos ésa como la causa de la obsesión por las religiones del autor, que fue judío, cristiano, budista, y hasta coqueteó con la cienciología y extravagancias similares.
Pero quizá el tratar de encontrar respuestas se debe, simplemente, a una mente capaz de formular muchas preguntas, y que a la vez no puede olvidar “el olor a carne humana quemada”, como le confiesa a su hija.
Porque resulta que Salinger no sufre, como Holden, porque el mundo de los mayores ‘no mola’, ni porque el universo no está pendiente de su acné. El sargento JD Salinger desembarcó en Normandía -llevando en la mochila, por cierto, una máquina de escribir- y el horror de contemplar y participar en esa guerra no es anecdótico para el artista.
* Reportaje íntegro en el número 263 del semanario, desde el viernes 5 de febrero en los quioscos.

















