La Pasión desde distintas perspectivas

barcelonavida: 23:12 17-04-2014

Estaba la Madre dolorosa, llorando junto a la cruz. Una espada de dolor le traspasaba el corazón. Sufrió ella también un martirio al tener que soportar todo esto, no cabe duda. Su Hijo -su esperanza- había sido tomado como moneda de cambio para trueques y negociaciones políticas, traicionado por un discípulo. Los otros discípulos renegaban de él. Azotaron y torturaron a su Hijo hasta la muerte, le humillaron de la manera más oprobiosa y ruin que se pueda imaginar, se humilló también la humanidad entera en estos actos.

Moría el Hijo, pero no la esperanza. Y María lo sabía ya, desde hacía tiempo. Todo esto tenía que suceder por voluntad de Dios. El dolor de la Virgen era por la causa que llevaba a todo aquello, nuestra continua renuncia al bien y al mismo Dios, la inconsecuencia infinita del hombre con lo que es humano. Su amor de madre se conmovió hasta el infinito cuando veía todo lo que era capaz de soportar Jesús, todo lo que hacía en obediencia pura. Y en esto sabía la Madre que la esperanza nacía, en vez de morir. Estaba agradecida al Hijo y agradecida al Padre, a quienes pedía que los hombres supiéramos y pudiéramos comprender lo que allí sucedía y su alcance.

Estaba Dios Padre sobre la cruz. Y veía todo aquello con amor de padre. de padre de todos nosotros. Miraba a María y a Jesús, siguiendo en todo momento su Voluntad. Miraba a todos los demás, comprobando que nada había cambiado: Conocían ya lo que quería de ellos y seguían teniendo libertad para obrar. No pensó en cambiar nada de esta Pasión. Le dolía también por lo perverso del corazón humano, pero esta libertad para obrar que nos dio era una de las circunstancias más magníficas de la Creación. Así debía permanecer.

Nos perdonaba ya mientras sucedía y preparaba la Redención que estaba al llegar.

Estaba yo junto a la cruz. Muerto de miedo (un cobarde más) No entendía que un hombre tan sabio, de tanta santidad, hubiera de pasar por todo esto. No le tenía ya por Hijo de Dios, sino como un fracaso, una decepción. Me di la vuelta y me marché de allí. No fuera que los legionarios castigaran mi osadía de acercarme al lugar del crimen.

Pasaron tres días y Jesús resucitó, lo supe. Vino sobre mí -como lengua de fuego- el Espíritu Santo. Me llegó la Redención y la recibí, sorprendido. Pero al cabo de poco, lo tuve como un regalo de poca importancia. Cada vez que pecaba, volvía a crucificar a Jesucristo, pero no me importaba ya demasiado, obedecía a cualquier interés del momento.

Esta nueva crucifixión la repito cada día, pero el Hijo de Dios se me entrega cada día en la Sagrada Forma.

Estaba la cruz, sosteniendo a Jesús. “¡ quién fuera  Dios -pensaba- quién fuera su Hijo, quien fuera humano!”

Por Luna.

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